¿Por qué mucha gente no logra sentirse satisfecha después de comer?

mujer-comiendo

Foto: Pixabay (cc) piepie

El hambre es la respuesta que nuestros cuerpos tienen al detectar que hemos comido menos de lo necesario. El cerebro “lee” las señales de la falta de alimento -como los cambios en los niveles de hormona y los nutrientes en la sangre- y lo responde enviándonos la sensación de que tenemos hambre. Cuando comemos para satisfacer esa hambre, usualmente logramos sentirnos satisfechos, pero, ¿qué pasa cuando no alcanzamos un estado de saciedad? ¿Por qué sucede esto?

Todo depende de qué comemos

Sentirnos satisfechos con más o menos comida está directamente relacionado con los alimentos que ingerimos. Distintos tipos de comida afectan de forma diferente a nuestro cerebro.  Por ejemplo, las altas en grasa (mantequilla, sandwiches, frituras) engañan al cerebro, señalándole que hemos ingerido menos calorías, lo que nos lleva a comer de más. Eso se debe a que están densamente cargadas de energía.

En cambio, los alimentos ricos en fibra (productos integrales, frutas y verduras) provocan la liberación de las hormonas intestinales que hacen que uno se sienta lleno. Una dieta baja en fibra puede exponernos a sentirnos hambrientos.

Que la sensación de estar satisfecho dure más tiempo también depende de lo que comemos. Los alimentos con un bajo índice glucémico (IG) -nueces, granos y vegetales, entre otros- liberan su energía más lentamente, por lo que retrasan el hambre. Los productos con un IG alto -pan blanco y azúcar, por ejemplo- provocan el efecto exactamente contrario.

El factor genético

Hay ciertos factores naturales que influyen en nuestro apetito. Las hormonas son moléculas que regulan los procesos biológicos y actúan como señales químicas entre nuestros órganos. Hay dos que se encargan específicamente de enviar mensajes desde nuestro intestino al cerebro y avisar cuando nos sentimos satisfechos. Estas son las GLP-1 (péptido similar al glucagón tipo 1y PYY (péptido tirosina tirosina). 
Se ha comprobado que las personas con niveles naturalmente bajos de estas hormonas -cuyos niveles suelen aumentar luego de que nos alimentamos- tienen menos posibilidades de sentirse saciados con porciones regulares de comida.
Otra intervenciones de las hormonas en el proceso de la alimentación son la que realizan la leptina y gherelina. La primera es liberada desde las células grasas que forman el tejido adiposo del cuerpo, que todos tenemos, y controlan el apetito, mientras que la gherelina es la que hace que el estómago suene para recordarnos que hay que comer.La gente obesa a menudo desarrolla una resistencia a los efectos de la leptina, debido a que durante un largo período sus cuerpos se han ido acostumbrando a altos niveles, lo que disminuye su efecto. Es por eso que cuando una persona con sobrepeso hace un régimen alimenticio puede llegar a sentir como si se estuviera muriendo de hambre.

El consuelo de comer

La comida es como una droga: las mismas áreas del cerebro que se activan con lo que comemos se ponen en funcionamiento con el consumo de drogas. Esto es porque la hormona serotonina nos hace sentirnos felices después de comer. Además, las cosas dulces producen un rápido aumento de energía, lo que puede mejorar el ánimo temporalmente.

El apetito emocional puede ser una respuesta al estrés. La hormona cortisol causa antojos de comida que provee una subida de energía rápidamente y las hormonas del estrés fomentan la formación de células adiposas, lo que le da al cuerpo más espacio para almacenar grasa.

Hay gente que come de más cuando se estresa o se deprime, mientras otros lo hacen cuando se sienten felices. Pero hay enormes diferencias que dependen de cada organismo y hasta las estaciones del año influyen; la mayoría de la gente come más en invierno.

Fuente: BBC Mundo