Sexismo laboral: discriminaciones desde el punto de vista de una mujer

Vía Revista Mujer 

Por Carolina Pulido

La primera vez que me sentí discriminada en el trabajo tenía 29 años. Trabajaba en una radio conduciendo un programa sobre género, sexualidad y tendencias. En una ocasión decidimos hablar de los chilenos y su aproximación a los medios de comunicación. El director de la radio propuso invitar a Roberto Méndez, presidente de Adimark, un señor con un tremendo currículum e influencias que era endiosado por el mandamás de la empresa, a quien le correspondió contactarlo debido a su cercanía. Así que se determinó que ese día, dado el peso del invitado, Roberto Méndez sería entrevistado por otro conductor de la radio, mi amigo Augusto Góngora. Nadie me dijo que yo no estaba a la altura, pero así fue como en mi propio programa tuve que figurar en el asiento del lado. Como la Carolina de Moras del Festival de Viña. O la señorita Janet de Morandé con Compañía.4002

La siguiente experiencia la tuve en una empresa familiar donde el dueño, un señor de edad de la más alta alcurnia, manoseaba a las chiquillas jóvenes y las saludaba con un beso chupeteado. Acto seguido venía algún comentario digno del show de Benny Hill.

Luego fui editora de un medio de comunicación. En tiempos de crisis, mi jefe me informó que debía dejar el cargo y que en mi reemplazo llegaría un editor senior, un adjetivo que en el mundo laboral se refiere a la edad o la experticia del candidato. Al día siguiente figuraba sentado frente a mí un editor, obviamente de sexo masculino, que tenía 7 años (de vida y experiencia laboral) menos que yo. Puede que hayan existido otros motivos para mi despido, lo desconozco, pero el solo hecho de que a mi jefe le pareciera aquel un argumento válido me dejó estupefacta.

El broche de oro se lo llevó una reunión a la que fui citada por el director de un canal de televisión para el que trabajaba. Me ofrecía conducir un programa que ya contaba con cierto prestigio y cuyo conductor, una vez más de sexo masculino, había sido despedido. La oferta era tentadora ya que se trataba de la oportunidad de explorar un tema que me apasiona: la literatura. Pero había una condición: debía verme estupenda en pantalla. El dueño del canal opinaba que ya no me estaba viendo tan guapa y eso le preocupaba. Que a lo mejor me hacía falta un cambio de look o adelgazar o hacer deporte. “Como que se te vinieron los años encima”, me dijo.

Siempre supe que ese señor -con el que nunca trabajé directamente- pensaba que yo era poca cosa para aquel proyecto. Que si no iba a poner en pantalla a alguien tan capaz como el antecesor, quizás la chispa de una niña buenamoza podía ser suficiente. Nada se me dijo en aquel momento acerca de mi intelecto o de mis años ejerciendo el periodismo, ni se indagó en mi cercanía con las letras o en mi habilidad como entrevistadora.

Y hay tres reflexiones tristes que puedo hacer antes de concluir esta columna. La primera es que en todos estos episodios, yo, feminista hasta la muerte, no fui capaz de poner en su lugar a esas personas. Me acobardé y traicioné mis convicciones porque temí perder oportunidades.

Segundo: sé que cuento la historia de todas. O casi todas. Digamos que cuento la historia de esas mujeres que no han renunciado a actuar como mujeres en tierras dominadas por machos. Hay algunas que han logrado sortear los baches del sexismo a punta de absorber su lógica, entrar en su ritmo, masculinizándose. Esas mujeres son las que llegan lejos en esta selva. Las otras irritan, estorban y se mantienen a raya.

Por último, leo y releo mis experiencias, que como imaginarán fueron traumáticas, y concluyo que la máxima expresión del machismo en el trabajo no es otra que la humillación. Y sin querer aparecen en mi memoria varios juicios y sentencias de carácter extraoficial que he leído hace poco en nuestra prensa sobre la Presidenta de la República, otra de esas mujeres que se niegan a dejar de actuar como mujeres.