Caso práctico: saber cuándo pedir ayuda

 

[box type=»shadow» ]Pedir ayuda no es signo de debilidad, al contrario, recurrir a otras opiniones puede enriquecer nuestro trabajo y señalarnos el camino correcto, cuando no estamos seguros de hacia dónde debemos ir.[/box]

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Alejandro estaba feliz. Por primera vez, desde que había llegado a la empresa, su jefe le encargaba una propuesta para un cliente. Pero junto con la satisfacción de ser reconocido, se le vino encima la presión de lograr un buen producto en el tiempo solicitado. Por eso, de inmediato se sentó en su escritorio para pensar en cómo elaborar su proyecto. El primer paso, era hacer un diagnóstico comunicacional de la compañía que su empresa estaba asesorando, pero Alejandro dudaba entre una metodología y otra, porque no conocía muy bien a este nuevo cliente. Luego, tenía que proponer soluciones para mejorar las falencias que se detectaran tras el diagnóstico y alertar sobre eventuales amenazas.

Alejandro pensó en pedir ayuda a otro compañero de mayor experiencia, pero tuvo miedo de que se cuestionaran sus capacidades. Comenzó a hacer bosquejos sobre su escritorio, mientras se documentaba sobre el quehacer de su cliente. En eso estaba cuando pasó uno de sus pares y le preguntó si necesitaba ayuda con su proyecto. Sin embargo, él agradeció, asegurando que ya casi tenía listo el trabajo, aunque lo cierto es que apenas había escrito la mitad de la introducción. Pasaron las horas y Alejandro se dio cuenta de que no lograría cumplir con la hora de entrega, si no plasmaba en el papel esas ideas que daban vuelta en su cabeza, pero que no lograba unir con sentido lógico.

Dos cabezas piensan mejor que una… ¿Y diez?

Quedaba media hora para concluir la jornada cuando Alejandro venció su temor y su orgullo, para dar el paso de pedir ayuda. Se acercó a Pedro, un colega con experiencia en propuestas, y le pidió orientación haciéndole ver la premura con que debía trabajar para entregar el proyecto a tiempo. Pedro, que ya sabía de trabajo urgente, le aconsejó convocar rápidamente a todos los profesionales del área para un brainstorming (lluvia de ideas) en la sala de reuniones. En menos de cinco minutos había 10 personas sentadas alrededor de una mesa, armadas con lápiz, papel y mucho entusiasmo.

Alejandro se paró ante sus compañeros y compartió con ellos los requerimientos de su cliente. En medio de su relato, Juan levantó la mano para hacer una pregunta. Luego, Natalia quiso profundizar en un punto al que Alejandro no había dado mucha importancia. De pronto, todo el grupo aportaba ideas y experiencias que ayudaban a dar forma al proyecto de Alejandro. Carlos, por ejemplo, recordó que no fue simple hacer un diagnóstico para una compañía tan grande como una minera, por lo que optó por usar dos metodologías de estudio, en lugar de una sola. Carolina asentía con la cabeza escuchando a su compañero y cuando este terminó de hablar, explicó que tomó la misma decisión, cuando asesoró a una salmonera: “dentro de la empresa había públicos tan diversos, que no podía quedarme sólo con un método para hacer el diagnóstico”, afirmó.

Enseguida, Alejandro, agradeció el aporte de Carolina y comentó con sus compañeros algunos de los problemas que había detectado al interior de la empresa -que recién comenzaban a asesorar- cuando acompañó a su jefe en una visita. Pedro no pudo evitar exclamar ¡wou, eres muy observador! Igualmente, Natalia, felicitó a Alejandro por su habilidad para descubrir algo que podía llegar a transformarse en una enorme bola de nieve para su cliente. Luego, Alejandro, agradeció a sus colegas por ayudarlo con esta importante tarea, mientras varios dijeron al unísono ¡somos un equipo!

A mezclar ingredientes

Terminada la jornada laboral, Alejandro, se despidió de sus compañeros con un cuaderno lleno de apuntes, que serían la base del proyecto que entregaría a mediodía. La tensión había sido sustituida por confianza y el temor por seguridad. Aunque era uno de los más nuevos en la empresa, sus colegas le mostraron sus fortalezas y lo guiaron para que –con sus consejos- pudiera desplegar todo su potencial en la propuesta que el jefe le había encomendado para el día siguiente a mediodía.

Alejandro tenía todas las herramientas y gran parte de los ingredientes para hacer un buen trabajo. Sin embargo, no tenía claro cómo mezclarlos y disponerlos en la medida justa para satisfacer, tanto a su jefe como a su cliente. Ahora, sus manos parecían imparables sobre el teclado del computador, mientras redactaba una propuesta coherente, argumentada y llena de ejemplos prácticos que apalancaban la justificación de sus recomendaciones al cliente.

Fabiola Romo
Editora periodística de la Revista Bitácora Ecológica/Encargada de comunicaciones en CEA
Centro de Ecología Aplicada
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