Cuando ser periodista es malo para tu salud mental

«Sentía como si me hubieran inyectado anestesia en las partes del cerebro que se encargan de la motivación, la energía y la capacidad de organizar ideas”.

Vía VICE

PorPhilip Eil traducido por Daniela Silva

Este artículo se publicó originalmente en Tonic, nuestra plataforma dedicada a la salud.

En 2013, recibí una llamada de un lector con voz ronca que me dijo que estaba muy enojado por un artículo que había escrito sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo. Más tarde ese año, después de hacer un artículo sobre las razas y los medios de comunicación, mi nombre se mencionó repetidamente en un monólogo mordaz de YouTube de un hombre que el Southern Poverty Law Center llama un «nacionalista blanco» y «héroe de gran parte de la derecha radical». El video fue visto más de 10.000 veces y la sección de comentarios de mi artículo pronto se inundó de comentarios de odio, algunos de ellos dirigidos personalmente a mí.

Luego hubo una vez que me citaron para testificar en el juicio federal de medicamentos recetados que estaba cubriendo. (Nunca me llamaron al estrado, pero aun así estaba aterrorizado). Hace tiempo, trabajaba en un periódico semanal con tan poco personal, que apenas tuve un día libre durante dieciocho meses antes de que cerrara después de 36 años, y luego me llamaron para escribir el elogio del periódico en la edición final. También hubo una vez que tuve una pelea prolongada -y, que al final se hizo pública- sobre los salarios que no le pagaron a un cliente que era freelance.

Comparto estos eventos porque no creo que mi carrera de periodista haya sido extraordinariamente estresante como se acostumbra. No soy corresponsal de guerra ni periodista de tiempo completo. Yo no cubrí la carrera presidencial de 2016, eso significa que no me han amenazado de muerte. No soy un reportero que tenga que pasar por el abuso inimaginable como parte rutinaria de su trabajo. Soy simplemente un periodista que, después de una década en el negocio, recientemente tomó una mirada honesta en el peaje mental del trabajo.

Durante los últimos años, he tenido la sensación de que mis problemas psicológicos -ondas de depresión, ansiedad e hipocondría; una lenta y constante pérdida de placer de mi trabajo; un temor repentino que se asentó sobre mi vida como una niebla- podría estar relacionado con el estrés de mi trabajo. Después, esta primavera, mientras trabajaba en un artículo de revista particularmente difícil y resistiéndome a una serie de acontecimientos desafiantes en mi vida personal, caí en una depresión intensa.

Esto me ha llevado a nombrar esto un caso de «agotamiento», porque, a diferencia de episodios depresivos que había tenido en el pasado, esta vez me sentía incapacitado físicamente para trabajar. Se sentía como si me hubiera inyectado anestesia en las partes de mi cerebro que se encargan de la motivación, la energía, y la capacidad de organizar ideas. Me sentía como un zombi. Estaba mentalmente agotado, emocionalmente agotado, y me sentía más cínico de lo que me gustaría ser.

Sin embargo, los instintos periodísticos no se mueren con facilidad. Y durante las pausas entre ir al gimnasio, recoger comidas para llevar y ver películas en la cama, empecé a buscar respuestas a una inquietante pregunta: ¿será que el periodismo es malo para mi salud mental?

Los últimos años han traído a una mini ola de periodistas que se han sincerado sobre los efectos de su trabajo. En 2014, la colaboradora de Elle, Glynnis Macnicol, escribió un artículo que muestra lo que se siente experimentar el agotamiento inducido por el periodismo. Al año siguiente, el Huffington Post publicó una serie de cinco artículos sobre la salud mental en la redacción, también el reportero galardonado Mac McClelland publicó un libro sobre sus experiencias con TEPT después de cubrir un terremoto en Haití y Gene Demby de NPR profundizó sobre cómo se siente para los periodistas negros, «informar sobre la muerte de un negro». En comparación con la producción general de los medios de comunicación, estos artículos no hacen tanto ruido. Pero hay algo que está surgiendo de ahí.

Sin embargo, los expertos dicen que el periodismo tiene un rezago en comparación con otras profesiones que tratan regularmente con el trauma. Anthony Feinstein, profesor de psicología de la Universidad de Toronto, que ha realizado investigaciones sobre la salud mental de los periodistas de todo el mundo, desde México hasta Irán y Kenia y hasta a corresponsales de guerra, dijo en un informe que antes de comenzar a explorar el tema a finales de los 90, realizó una «búsqueda exhaustiva por computadora de toda la literatura médica y psicológica [y] no pudo encontrar un solo artículo dedicado a este tema».

Hoy en día, el cuerpo de investigación está creciendo lentamente -Dart Center de la Universidad de Columbia tiene una excelente base de datos sobre el tema, pero la cultura profesional todavía sigue rezagada. «Creo que los policías y bomberos y los trabajadores de Servicios de Atención Médica de Urgencia tienen una cultura de organización más fuerte y comprenden mejor el impacto de su trabajo y la forma de apoyar a la gente», dice Elana Newman, profesor de psicología de la Universidad de Tulsa y director de investigación para el Centro Dart. «Creo que ahora es más fácil hablar de la [salud mental] incluso de los que trabajan en el ejército que de los periodistas». El estigma que rodea a la salud mental en el mundo del periodismo es «enorme», dice.

«Como periodista, se espera que seas el que informe sobre el trauma, no el que lo sufra», dice Gabriel Arana, reportero independiente que editó la serie HuffPo sobre salud mental, y escribió su pieza de inicio. «Y así mucha gente lo ve como casi si dependiera de su profesionalismo no divulgar cuando están sufriendo, cuando se sienten mal o cuando están pasando por un episodio de depresión». Dice que la idea de que los periodistas son observadores sobrehumanos de la historia y que no sienten nada «no es cierta y es algo perjudicial».

A lo largo de los años, yo personalmente he interiorizado algunos de estos estigmas. Y sé que también me convencí de que, por lo emocionado y por lo cumplido que era con mi trabajo, tampoco me podía afectar negativamente. Aún tenía que darme cuenta de que un trabajo de sueño también puede, a veces, convertirse en una pesadilla.

Sin embargo, cuando tuve mi episodio de agotamiento, fue como si se hubiera roto el encanto, y pude ver con claridad los riesgos para la salud mental de mi trabajo. Y había muchos. Un comandante en jefe declaró que los medios de comunicación son el «enemigo del pueblo estadounidense». Una industria donde literalmente cientos de miles de empleos de periodismo han desaparecido en las últimas décadas y que en los trabajos que quedan te pagan menos que el ingreso local promedio. Un trabajo que requiere absorber algunos de los peores aspectos de la humanidad, desde la corrupción hasta el cambio climático, el crimen, el abuso infantil y mucho más. Un trabajo que presenta un flujo interminable de plazos, un sentido urgente de la competencia y una expectativa -en palabras de un artículo sobre el trabajo de periodismo que leí hace poco – «dominan la conversación en las redes sociales».

Cualquiera de estos factores podría tener un efecto en la mente de una persona sana. Si los juntamos, tenemos un campo de minas psicológico.

Para mí, que soy freelance y desempeño todos los papeles en mi organización de noticias -soy el programador, el director general, el verificador de los hechos, el gerente y el departamento de cuentas por pagar- la responsabilidad de estar al tanto de mi salud mental es desalentadora. Pero ahora que me he sentido derrotado, seré mucho menos caballeroso al ignorar mi vulnerabilidad.

Este verano, durante mi etapa de agotamiento, pasé cerca de seis semanas enfocándome en darme momentos de descanso y cuidado. Había pasado años sin tomarme unas vacaciones, así que compré una bicicleta, empecé a jugar golf después de una década sin hacerlo, y llené mis días con museos y películas y fui a terapia. Pasé tiempo con amigos y familiares, incluyendo a mi sobrina. Me desconecté de las redes sociales (sacrilegio para un periodista) y, a veces, de manera consciente evité escuchar las noticias. Con el tiempo, mi ánimo mejoró y mi energía y claridad mental regresó. Eventualmente, estaba listo para volver al trabajo, aunque con un nuevo conjunto de hábitos saludables y salvaguardas psicológicas.

También me quería unir a la conversación sobre el periodismo y la salud mental, y usar cualquier plataforma modesta para decirles algunas cosas a mis colegas periodistas. Una de esas cosas es que: el hecho de admitir que tengo problemas de ansiedad y depresión no me hace un peor periodista; simplemente me hace un ser humano. Gracias a Dios hay periodistas como Katy Tur, que según un perfil reciente del New York Times, nadie la rechaza. Pero yo no soy uno de ellos.

Mi trabajo me ha hecho sentir devastado, y me siento bien al admitir eso. Y de mis conversaciones con los expertos, he aprendido que ignorar problemas de salud mental puede hacer que un periodista sea menos eficaz. Feinstein me dice que pasa lo mismo con los doctores, un doctor enfermo podría hacer un mal diagnóstico, «creo que existe un riesgo real de que si un periodista está mal psicológicamente, esto puede afectar su trabajo… podría no darle el enfoque correcto a una historia».

Newman dice que si la industria se interesara por la salud mental, escucharías a los profesores de periodismo diciendo cosas como: «Tienes que saber que el trabajo que haces es difícil, y que te va a costar. ¿Cómo piensas compadecerte de ti mismo en esos momentos?» Nadie tuvo esa conversación conmigo, y tuve que aprender esa dolorosa lección por mi cuenta. Amigos periodistas, se los digo por experiencia propia: ignorar el estrés que te provoca el trabajo sólo empeorará las cosas al final.

Durante mi reportaje para esta pieza, hablé con Dean Yates, el ex jefe de la oficina iraquí de Reuters, quien el año pasado publicó una extraordinaria pieza en primera persona llamada «The Road to Ward 17: My Battle with PTSD».

Y hacia el final de nuestra entrevista, Yates -que hace poco fue nombrado Defensor de la Salud Mental y Bienestar de los Periodista en Reuters– me dijo algo que me dio una nueva fuente de inspiración. Cuando estaba en la sala de psiquiatría en la que lo estaban tratando, se reunió con un agente de policía y otro paciente y le dijeron lo importante que era utilizar sus habilidades periodísticas para ayudar a resolver el problema. Se acuerda que el policía le dijo: «Puedes escribir sobre lo que significa para nosotros… puedes ayudar a la gente».

«Los periodistas con enfermedades mentales son los que tienen la oportunidad de contar su historia, y educar a la gente sobre las enfermedades mentales», me dice Yates. Esto no significa que todo periodista necesita hacerlo, pero aquellos que están dispuestos pueden lograr un impacto significativo.

«Me lo guardé durante mucho tiempo, y me sentí tan solo», dice. «Y ese sentimiento de estar solo con esto fue muy abrumador».